lunes, 4 de octubre de 2010

Sobre la ausencia del padre: los desaparecidos en la guerra sucia en Guerrero

En la edición del 04 de octubre de 2010, LA JORNADA GUERRERO publicó la siguiente nota:
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Rosendo Radilla Pacheco y Ausencio Bello Ríos
Judith Solís Téllez
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Presento en este artículo dos casos sobre la ausencia del padre desaparecido como consecuencia de la guerra sucia en Guerrero. Para ello me basaré en la obra de Andrea Radilla Martínez, Voces Acalladas. Vidas Truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco (SEMUJER/UAG, 2008[2002]) y en el drama poético: No es el viento el que disfrazado viene (H. Ayuntamiento de Acapulco, 2004) de Jesús Bartolo Bello López.
El poeta nos interna por los senderos íntimos de su dolor, de su orfandad, que es la de muchos: “Mi padre es una colección de fotos que no llegan a diez. Es sólo la preocupación perpetua de la abuela. Un rostro inmóvil del cual no sé su sonrisa.” (Bello, 2004:24). Jesús Bartolo a través de su poesía convierte a Ausencio Bello Ríos, su progenitor, en símbolo de los desaparecidos.
Con la publicación del libro sobre su padre, Andrea Radilla Martínez, logró documentar el primer caso de un desaparecido político mexicano, gracias a lo cual fue posible llevar el caso de don Rosendo Radilla ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la cual encontró culpable al Estado mexicano por desaparición forzada de personas.
Los casos de Rosendo Radilla Pacheco y Ausencio Bello Ríos son los paradigmas de lo ocurrido en Atoyac, “donde se tienen contadas más de 450 personas desaparecidas por el Ejército mexicano de las 650 que hay registradas en Guerrero, indicó el secretario ejecutivo de la Afadem, Julio Mata Montiel” (Valadez en La Jornada Guerrero, 31 de mayo 2010). Por esa afrenta la “comunidad” a la que pertenecían los desaparecidos, Atoyac de Álvarez, también debe de ser considerada como víctima de la Guerra sucia, y de hecho en la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos los representantes solicitaron a la Corte que declare al Estado responsable por el perjuicio ocasionado al señor Rosendo Radilla Pacheco a sus familiares y a la “comunidad” a la que pertenecía don Rosendo (Caso Radilla Pacheco, Sentencia del 23 de noviembre de 2009: 3). La historia de Atoyac presenta en su paisaje esta huella de la memoria colectiva de la Guerra sucia como rememora Bartolo: “Con la línea amarilla llegaron los armados verdes y la gente se volvió hosca y desconfiada. La palabra desaparecido ramificó sus letras.”(Bello, 2004: 16-17).
En el homenaje a Carlos Montemayor y a Andrea Radilla durante la conmemoración de la semana internacional del detenido-desaparecido, que se llevó a cabo en Atoyac, el domingo 30 de mayo del 2010, se consideró que la novela Guerra en el paraíso documenta a su vez lo ocurrido en Atoyac (Valadez en La Jornada Guerrero, 31 de mayo 2010). Uno de los acuerdos del homenaje fue llevar a la Corte Interamericana los casos de todos los desaparecidos documentados por la Afadem.
Andrea Radilla a través de su obra busca la dignificación de todos los desaparecidos y puso el ejemplo a seguir con los 650 casos de desaparecidos: “Cada uno de ellos tiene una historia de vida, no son datos en las estadísticas” (Radilla, 2008:22). Andrea escribió su libro desde el dolor, desde la angustia provocada por los gobiernos y por los organismos “que se dicen defensores de los derechos humanos” (39). Romper silencios significa para ella el comienzo para reconstruir una historia desde abajo, desde los portadores del dolor” (18).
Sin duda la obra de Andrea Radilla Martínez y la de Jesús Bartolo Bello López, aunque hayan optado por caminos diferentes, contribuyen cada una a su manera a expresar la herida lacerante del no olvido a la búsqueda de la justicia.
Bartolo a través de su poesía recuperó la memoria de su padre y nos hizo inolvidables a los desaparecidos: “Ves, Mabré, cómo tu tristeza es antigua? De qué sirve que diga. ‘tu padre era un ciruelo de frutas dulce’. Decirte: ‘su voz fulgía como chicharra en la tarde y sus manos ramas de parota te abrazaban pájaro o duende dormido’”.
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