sábado, 31 de julio de 2010

Sobre la literatura en Guerrero

¿Existe una literatura guerrerense? I
Citlali Guerrero
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¿Existe lo que podríamos llamar una literatura guerrerense? En el sentido de la tradición literaria, es decir, si existe una manera de escribir, del sentir, de las preocupaciones estéticas comunes, temas comunes de reflejar la realidad, como si lo hay en los países del este, donde todavía sus novelas están marcadas por lo que fue el socialismo y sus consecuencias o en la Europa de la posguerra, donde precisamente el tema común y constante es el holocausto con variación de estilos y escuelas literarias; o pensar que existe una literatura de Guerrero como las literaturas nacionales de cada uno de los países europeos que de una u otra forman reflejan los movimientos civiles que han vivido, ejemplo el franquismo en España, la caída del Muro del Berlín en Alemania, el exilio en Polonia, etc.
O como las literaturas más cercanas como la chilena, donde el tema constante son las consecuencias de la dictadura de Pinochet; la cubana, donde se aborda la situación política actual visto desde adentro y desde afuera; la colombiana con todas las manifestaciones posibles de la violencia. Una literatura así, de Guerrero, considero que no la hay, pero creo que tampoco la hay así de México, ni siquiera la Revolución mexicana fue capaz de convertirse en tema central de la literatura nacional.
Tal vez tenga algo razón José Ontiveros cuando pregunta si es necesario que las sociedades no tengan una vida de paz y apacible para que pueda surgir una literatura nacional que refleje la situación no pacífica.
Hablar de literaturas nacionales, incluso en países como Francia, Alemania, Inglaterra, Rusia, Argentina, Paraguay, México, España, es bastante complicado. Atrás quedaron las vanguardias literarias, los movimientos artísticos como el existencialismo, el modernismo, que generaron un cambio de sensibilidad manifestada a través de la renovación del lenguaje poético; hoy, a estas alturas es complicado hablar de literaturas nacionales, sobre todo porque en ningún país europeo y menos latinoamericano se avizoran condiciones para generar movimientos de arte y de literatura auténticos, el ascenso y la penetración actual que tiene la cultura popular de los Estados Unidos, ha ido ocupando el lugar de las literaturas y culturas nacionales de la mayoría de los países del mundo. Así la lírica popular, la prosa espontánea, el teatro musical son importaciones cuyo epicentro se halla en Nueva York o California. Si es complicado hablar de literaturas nacionales, mayor complicación es hablar de literaturas regionales.
¿Existe pues una literatura guerrerense? ¿O hay una literatura de Guerrero? No sé cuál podría ser la pregunta menos incómoda para tratar de entender el proceso literario por el que está pasando el estado de Guerrero.
La pregunta, considero, no es, si existe o no existe una literatura guerrerense o una literatura de Guerrero, la pregunta es ¿por qué en Guerrero no existe una tradición literaria?
Hace algunos años, Iván Ángel prefiguró algunas explicaciones posibles y aducía que el principal problema se centraba en quienes hacían la literatura de principios de siglo XX, enfocando su atención en los profesores rurales que proliferaron en las regiones del estado, tenemos a Rubén Mora, Juan García Jiménez, entre otros; y efectivamente, son profesores de comunidades rurales, con preocupaciones acordes a su entorno social, sin que jamás nunca hayan tenido en sus manos poemas de Baudelaire, Rimbaud, T.S. Eliot o Ezra Pound. La literatura que llegaba por aquel entonces era escasa y podría aventurarme porque no lo sé de cierto, que era mala literatura, tal vez lo mejor eran las novelas de Alejandro Dumas, esto lo sé porque mi abuela siempre hablaba del conde de Montecristo.
Pero si bien es cierto que esto pasaba con los profesores rurales de Guerrero, la pregunta es: ¿qué pasaba con la literatura en Acapulco? A mi entender, la apreciación de enfocar como causa principal del atraso literario en Guerrero a los profesores rurales, es hasta cierto punto relativo, porque regularmente el desarrollo de los estados y de los países siempre están circunscritos al desarrollo de su ciudad más importante, y Acapulco fue, ha sido y es el principal eje de desarrollo económico del estado, la más poblada, con lazos comerciales históricos con el Oriente, aquí se hacía la mayor recaudación de impuesto para España, hecho que concluyó a mediados del siglo XIX. Era y es una ciudad, digamos cosmopolita, y… entonces ¿por qué los pobladores de Acapulco no aprovecharon esta ventaja comercial con países asiáticos y europeos?, ¿acaso entre la mercancía que anualmente llegaba al puerto no venían libros?
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Publicado en La Jornada Guerrero, el 31 de julio de 2010.
Consultada en:
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II
¿Existe una literatura guerrerense? II
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Definitivamente, para entender el atraso literario en Guerrero debemos de tomar en cuenta el atraso cultural de Acapulco y superar el trauma.
Acapulco siempre ha sido una ciudad de paso. Inés Mombelli, en la participación que tuvo en el libro Acapulco la ruta del sol, que editó el ayuntamiento de Acapulco y que tuve la oportunidad de coordinar, es reveladora, al decir que Acapulco es una ciudad y puerto donde la riqueza simplemente pasa, por aquí pasaron los más grandes tesoros, las más finas joyas, telas, vinos, especias, los más finos animales de la época colonial, y de toda esa riqueza, nada se quedó en Acapulco. Mombelli cuenta que los nativos esperaban con ansia a que llegaran las naos, vivían y bebían como reyes los tres meses que duraba la feria entre enero y marzo, pululaba de gentío, de orgías, de libertinaje –digo yo–, y después la calma. Los nativos volvían a ser los poquitos que se quedaban en su aldea con la añoranza del retorno, y era tan fastidiosa la vida que, para no aburrirse, a parte de acostarse en la hamaca, los nativos husmeaban en las casas de los vecinos para tener entretención del día, o sea que ni por equivocación se quedaban con alguna revista, escrito, novela, algo parecido, nada, sólo conservaban algo para sobrevivir en los 9 meses restantes. La vida de los nativos acapulqueños era aburrida y no les gustaba la literatura.
Este origen de ser de la principal ciudad del estado finalmente trajo sus consecuencias fatales. Hoy, de nueva cuenta, los acapulqueños vemos pasar la riqueza, se construyeron los grandes hoteles, los grandes complejos turísticos, se vive de la temporada alta del turismo, igual que antaño, los nativos acapulqueños simplemente esperan que vengan muchos turistas para poder trabajar y vivir bien el tiempo que dure la temporada alta y después.
Los nativos se vuelven a poner tristes cuando los turistas se van, y en ese lapso que pasa entre una y otra temporada alta, los acapulqueños se la pasan quejándose, husmeando en la vida de otros, haciendo cosas que les permita vivir al día, y mientras, sigue el mismo círculo, la inercia de los grandes hoteles, donde la mayoría de sus gerentes son de fuera, como antaño, que los gobernantes del puerto eran de España o de la ciudad de México,
Muy pocos acapulqueños alcanzan un estatus económico aceptable y los que así lo hacen, nada saben de literatura. Los nativos actuales tampoco leen literatura, los que gobiernan a los acapulqueños no leen literatura, los dueños de los grandes complejos de Acapulco, supongo que sí leen literatura pero no están aquí, ni les preocupa la vida cotidiana de los porteños.
Además, a la apatía de los nativos, al casi nulo conocimiento de literatura de los profesores rurales, se les sumó otro parásito a la literatura en Guerrero: los versificadores allegados a la clase política gobernante desde mediados del silgo XX y que predominaron ocupando los escasos espacios públicos de difusión hasta principios de los noventas.
Recapitulo. Creo que este es el origen de la tragedia: Acapulco y sus nativos que no fueron capaces de interesarse en lo más mínimo por la cultura, la literatura, los profesores rurales que no se preocuparon por crear vínculos y conocer la literatura de afuera, los versificadores allegados al poder que todavía por aquí andan, y la clase política sin ningún tipo de apreciación artística y sin ninguna claridad de qué políticas culturales impulsar. En este mosaico sociocultural está el origen de la tragedia y, la historia siempre tiene sus consecuencias. Esa es la historia que nos enseñaron y es esta la continuidad histórica que estamos padeciendo.
Octavio Paz decía que toda tradición nace de una ruptura. Me parece que esta ruptura inició hace apenas 20 años, y qué son 20 años comparados con 400 años de tradición del nadismo, es decir, de que los nativos acapulqueños se la pasaran haciendo nada, sólo preocupados por tener recursos para vivir bien tres meses y padecer penurias los nueve restantes.
Esta ruptura de la tradición de la indolencia para no utilizar ignorancia, a mi entender, inició a principios de 1990, cuando coincidieron una serie de chavos en la Escuela Superior de Ciencias Sociales de la UAG, (hoy no tanto) que curiosamente no eran nativos acapulqueños sino avecindados: Jesús Bartolo, Óscar Basave y Citlali Guerrero, quienes a su vez coincidieron con Iván Ángel y Manuel Maciel, dirigidos por dos historiadores defeños: Humberto Aburto Parra y Gonzalo Pretelini, y bueno, ahí comenzó la historia reciente de la literatura en Guerrero, ampliándose el panorama con la llegada al puerto una década después de Jeremías Marquines, poeta tabasqueño (donde sí hay una tradición literaria importante) y de ahí el círculo de literatura se fue ampliando, teniendo nuevos respiraderos literarios.
Jeremías Marquines, con el entusiasmo del recién llegado, dio un taller de literatura y fue conociendo a Federico Vite, Edgar Pérez, Carlos F. Ortíz, Ulber Sánchez, Iris García, Ángel Carlos Sánchez, Paul Medrano, Antonio Salinas entre otros; y de allí viene toda esa generación que actualmente se dedica, de manera seria y constante, a la literatura. Una mención aparte merecen Roberto Ramírez Bravo y Judith Solís, quienes ya traían una formación literaria, pues ambos pasaron algún tiempo en la SOGEM.
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III y último
¿Existe una literatura guerrerense? III
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Sin embargo, y es una apreciación personal, este puñado de más o menos 20 personas que están escribiendo literatura en Guerrero, no hemos sido capaces de generar puentes generacionales, y quizá no es nuestra función, ni se tienen las herramientas y/o el tiempo disponible para hacerlo, pero considero que si seguimos en esa dinámica estaremos repitiendo la misma indolencia de generaciones pasadas: estaremos heredando nadismo literario a las generaciones por venir.
¿Cuáles serían los criterios para considerar una literatura de o en Guerrero?
Entre estas dos visiones de literatura en Guerrero, la formada por los profesores rurales y los versificadores allegados a la clase política, y la generación de los noventas, existen los escritores que generó la creación de la Universidad Autónoma de Guerrero, entre ellos José Gómez, Victoria Enríquez, Alejandra Cárdenas, entre otros, todos ellos con la experiencia de la llamada guerra sucia, la experiencia de los movimientos libertarios de los años 70’s, digamos más informados y enterados de los asuntos serios literarios, sin embargo, no fueron capaces de generar un relevo generacional, y no sé si podamos decir que hicieron una literatura de Guerrero porque toda su producción se concentró en impostar las maneras de escribir de los poetas de la conversacionalidad latinoamericana, tildados de panfletistas por la carga política y social de sus producciones.
¿Existen diferencias o similitudes de escuelas, estilos, temas comunes?
Pienso que sería un absurdo, por ejemplo, pretender que a 40 años de la guerra sucia en Guerrero, surja un literatura local preocupada por un hecho histórico del que no fuimos partícipes, a excepción del caso particular de Jesús Bartolo Bello, quien es una de las víctimas de esa época. Tal vez si existan elementos comunes que nos permitiera vislumbrar una literatura de Guerrero, es un tema pendiente que hay que investigar.
¿Es suficiente un puñado de no más de 20 escritores para decir que existe una literatura de Guerrero? ¿O también tendríamos que medir la cantidad de libros publicados al año en el estado, la cantidad de revistas especializadas de literatura, de suplementos, la cantidad de premios literarios, la cantidad de talleres literarios en las principales ciudades del estado, la cantidad de becas, intercambios, residencias, traducciones que se realizan en el estado?
Pienso que los escritores actuales de Guerrero, están cumpliendo con la producción artísticas, ganan premios literarios, han publicado fuera del estado, en revistas especializadas de literatura, algunos son referentes de la literatura joven del país, han obtenido estímulos, realizan eventos literarios, insisto están cumpliendo; no así las instituciones culturales de la entidad, que se encuentran rezagadas al no ofrecer y garantizar los bienes y servicios literarios, necesarios para apuntalar el desarrollo que tanto necesita Guerrero para salir de los últimos lugares en que se encuentra en relación con otros estados del país.
Ése es el gran reto. Soy de la idea que hay que entrarle, hay que tratar de terminar con la inercia de los nativos acapulqueños, con la indolencia de los versificadores allegados al poder; hay que ser capaces de exigirles a nuestras autoridades que cumplan con la función social de la literatura.
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jueves, 15 de julio de 2010

Sobre novela de Paul Medrano


Dos caminos: leerla y releerla
Roberto Carlos Rosas
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La novela Dos caminos, escrita por Paul Medrano (Tamaulipas, 1977), es un ejemplo de que la brevedad no está peleada con el contenido. Construida con contundencia en su relato, imágenes y lenguaje, es la apuesta de la literatura guerrerense en el género negro.
Nacido en uno de los estados más castigados por el narcotráfico, y criado en otro en donde este flagelo social sienta sus reales, el autor narra la historia de Miranda y Dakota, un narcotraficante de los viejos –en una actividad en la que no es frecuente hallar líderes que rebasen los 40 años– y su enamorada, cuyos caminos se cruzan cuando ella está en uno de los peores momentos de su vida y él busca el retiro.
Bien se dice que cuando uno se mete al tráfico de sustancias prohibidas es para nunca más salir, excepto a la cárcel o al panteón. Miranda quiere romper con esta premisa. Quiere que haya más de dos caminos.
Fiel a sus héroes literarios, que prefieren decir mucho con poco, Medrano cuenta la historia con la velocidad de las balas. Sus párrafos zumban con la misma peligrosidad. No por nada esta novela fue finalista en el reality Caza de letras, organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México, y ahora ve la luz en una edición de Punto de partida.
Con su texto, a veces con el estilo del guión de cine, otras reportaje periodístico, con insertos crípticos y poéticos, pero definitivamente, siempre literatura, Medrano nos lleva por las carreteras del país a bordo del Charger de Miranda, que sería parecido a viajar montados en la carroza metálica de Dios.
La suntuosidad con la que viven las personas dedicadas al narco es parte de la cultura que se ha generado en torno al fenómeno. En Dos Caminos esto es esencial para describir a personajes como La Muñeca, cuya capacidad de violencia sólo es equiparable a la deliciosa gastronomía que acostumbra engullir, su generosa bestialidad e impecable vestimenta. Es como un dandy infernal, mezcla de la elegancia de Mauricio Garcés y la brutalidad de Tony Scarface Montana.
En la obra se describe con soltura cómo se ramifica el poder del narcotráfico hacia áreas que aparentemente le son contrarias, como el gobierno, la política, el Ejército y la policía, a la vez que encuentra medios para crear un mito de sí mismo, con la parafernalia propia de la actividad, como las camionetas de lujo y los sombreros. Se dice en el libro, y se verifica en la realidad, cómo ahora vemos un vehículo caro y nos hacemos a un lado; cedemos el paso con precaución porque a bordo quizás vaya algún sicario de los nuevos: más jóvenes, violentos y atroces, decididos a morir por algo que vivir por nada.
Las duras negociaciones entre cárteles, cómo se dan las luchas por su restructuración, las venganzas, los ajustes de cuentas, salpican de sangre las páginas de Dos Caminos. Definitivamente, no es una lectura apta para estómagos débiles, pero esto no apaga su buen trato del tema, que dicho sea de paso, no admite florituras.
Sin embargo, será fácil para los lectores encontrar en Dos Caminos episodios ocurridos en nuestro estado del tan incesante como inútil “combate al narcotráfico”, difundidos ampliamente en todos los medios. Pero también será sencillo identificarse con el ánimo de Miranda, con sus pasiones, su necesidad de estar consigo mismo y amar. Sí, hasta la peor persona es capaz de amar. Aunque su novia sea la muerte.
Dos Caminos se presenta hoy jueves en de las actividades del Tercer Encuentro de Jóvenes Escritores –que se desarrollará en Acapulco hasta el sábado 17– a las 8 de la noche en la Casona de Juárez.
A todo esto… Pinche Miranda, ¿quién quiere morir de viejo? n
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miércoles, 14 de julio de 2010

Sobre escritores guerrerenses

Enésimo censo de escritores guerrerenses
Paul Medrano
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Publicado en "La Insignia". México, diciembre del 2007.
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Hablar sobre literatura "nueva" es como perseguir cangrejos por la playa: cuando vas a agarrar uno, desaparece con la ola y quedan docenas de crustáceos diferentes por atrapar. Sucede igual con los escritores; más tarda en prepararse una compilación de nuevos autores, que en surgir otra camada de jóvenes con aspiraciones.
Aún es más complicado si se trata de hablar sobre literatura guerrerense, porque a diferencia de otros Estados de México, no tiene ni un escritor de tradición nacional (aunque algunos invocan la figura politizada de Ignacio Manuel Altamirano y a un alucinado y desarraigado José Agustín). Esta circunstancia lleva a los nuevos creadores a adoptar estilos, corrientes y temas generalmente ajenos a su entorno regional.
En su ensayo Las edades de la poesía, el poeta tabasqueño Jeremías Marquines afirma: "La literatura que hasta hace algunos años dominaba en Guerrero es costumbrista y anárquica. Construida la mayoría de las veces con base a una vaga idea de lo que se cree debe ser la literatura; sus modelos fueron los moldes modernistas de la primera mitad del siglo XX y rezagos del romanticismo". Entre tanto tanto, Iván Ángel Chávez, en sus Apuntes sobre la literatura de Guerrero, asegura que ésta "tiene su origen en una inusual y prolongada ruralidad arcaica a causa del cerco tendido por el atraso, pues mientras nuestros escritores locales buscaban refugio en las antiguas fórmulas de la lírica y la narrativa, en el país y el mundo desde los años 20 y 30 ya se escribía de otro modo". Chávez considera que este confinamiento hizo que la literatura estatal quedara al margen de cualquier desarrollo nacional y concibiera una impresionante inmovilidad literaria que abarca un siglo.
Ahora bien, tendría que aclararse si será literato guerrerense quien haya tenido su primer resuello en estas tierras o quien se haya formado en tan peliaguda región del país. Porque si a eso vamos, Julián Herbert podría ser el escritor novel con más futuro. Su libro Cocaína (manual de usuario), ganador del premio nacional de cuento Juan José Arreola, le ha volado los sesos a miles de lectores mexicanos y, literalmente picando piedra, se ha abierto paso en tierras europeas. Nacido en Acapulco en 1971, Herbert es un narrador potente que lo mismo escribe novela (Un mundo infiel) como poesía (En nombre de esta casa), y que ha sido reconocido con premios como el Gilberto Owen. El pero es que Herbert sólo nació en el bellopuerto, aunque toda su vida la ha hecho en Saltillo (Coahuila).
Caso contrario es Federico Vite. Nacido en Tlaxcala, creció en Acapulco donde formó su carrera literaria metido en redacciones de periódicos y revistas locales. Desde el puerto ganó varios concursos de talla nacional y finalmente la Fundación para las Letras Mexicanas lo becó para escribir una novela, Fisuras en el continente literario, la cual es inconseguible a pesar de que fue editada por el Fondo Editorial Tierra Adentro. Versiones extraoficiales afirman que toda la edición fue comprada por una vaca sagrada de la vida cultural en el país, quien se ofendió de que Vite mostrara en su novela a un Octavio Paz como víctima de un secuestro.
No obstante, hay voces literarias que han promovido su obra en círculos más underground, pero no por ello con menos calidad. El atoyaquense Jesús Bartolo. El poeta errante Ángel Carlos Sánchez. El cuajinicuilapeño Eduardo Añorve Zapata. El calentano Noé Blancas. Los acapulqueños Citlali Guerrero y Roberto Ramírez Bravo, así como los chilpancingueños más chilangos: Carlos F. Ortiz y Erik Escobedo.
Aunque Rainer María Rilke afirmaba que la madurez literaria llega después de los 35 años, en tierras guerrerenses hay escribanos menores de 28 años que empiezan a tener cierto prestigio en el espinoso camino de las letras. Se puede mencionar al chilpancingueño Ulber Sánchez, al acapulqueño Antonio Salinas, al teloloapanense Salvador Calva y al escritor queer Gabriel Brito. Quizás por eso, Marquines considera que "a pesar de todo, veo una nueva generación de escritores más dinámica, más interesada en abordar la experiencia del lenguaje que en cantar las experiencias de la vida. Una generación más crítica poéticamente, menos autocomplaciente, con mayor resolución en cuanto a la trascendencia de lo escrito, y con la absoluta claridad de que la literatura es un no sé, qué sirve para no sé qué rayos".
Casi al acabar este texto descubro que, a sus 19 años, Zel Cabrera, de Iguala, escribe: "Que estoy sola y tu lejos/ que atrapo las mariposas de tus besos/ cuando transito con la tristeza de mis pasos muertos/ en el terreno de la nostalgia y el miedo". Carlos Pellicer aseguraba que de los 12 hasta los 25 años cualquiera puede escribir poemas, pero que de esa edad en adelante, la poesía sólo la escriben los poetas. Tal vez lo de Cabrera no sea brillante, pero quizá se trate de los nuevos cangrejos que llegan con una nueva ola.
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Consultado en:
http://www.lainsignia.org/2007/diciembre/cul_008.htm

Una nota sobre la poesía guerrerense

La poesía en Guerrero, consideraciones inevitables
Eduardo Añorve Zapata
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No creo que exista una poesía guerrerense. Ni siquiera que exista un grupo o un mo-vimiento guerrerense haciendo poesía, un movi-miento estético o artístico; cuando menos, no conscientemente. Lo que caracteriza a la poesía que está haciéndose en Guerrero, aparte de que cada poeta crea en solitario, como sujeto y objeto líricos, son sus dos vertientes: la conservadora, heredera más que del romanticismo europeo, del moder-nismo nuestro, y la de ruptura, reciente, que data de principios de los ochenta y se carac-teriza por una actitud crítica y de rechazo ante la primera y ante todo lo que huela a estructuras métricas y fonéticas (incluso sin conocerlas). Me refiero únicamente a la poesía visible, la que se publica, no a la desconocida; por tanto, mis juicios son limi-tados, pues se remiten únicamente a ella. He de referirme, además, a la poesía hecha por quienes viven en el estado, sin importar su origen, aunque de vez en cuando salgan a ver mundo o a darse otros aires.
El gran cuerpo de la poesía que se hace en Guerrero es de corte tradicional y deforme, unificado tal vez por un cierto sentimentalismo llorón que me repugna y una obsesión por describir paisajes cuasi bucólicos. Antes de continuar, establezco un principio: no he de referirme a cuestión de gustos ni acogerme a más definición que la extensa: poesía es todo discurso o texto escrito que se pretenda que lo sea, con independencia de la obra conseguida y de la poética que la sustente, con independencia incluso de los recursos y argucias literarias utilizadas. Parto de una idea: se escribe porque se escribe, y ya; lo demás es superfluo, incluidas mis repugnancias. Transcribo algunas palabras de Calixta Brand, con permiso de Fuentes, sobre el tema: La literatura es testigo de sí misma. Todo puede ser objeto de la escritura, porque todo puede ser objeto de la imaginación. Pero sólo cuando es fiel a sí misma la literatura logra comunicar. Es decir, une su propia imaginación a la del lector. A veces eso toma mucho tiempo. A veces es inmediato. Hasta aquí la Brand. Unirse la imaginación del poeta con la del lector.
En contrapartida y en franca contradicción, la poesía de ruptura en Guerrero tiene cuerpo pequeño, es enana y contrahecha, carece de armonía en sus irregulares partes. Anoto algunos nombres que la componen, según preferencia propia, claro está, y con omisiones deliberadas: Noé Blancas, Jeremías Marquines, Carlos F. Ortiz, Ulber Sánchez, Bartolo Bello, Víctor Trigo y Erik Escobedo. Anoto los nombres que conozco y cuyas poesías he leído de vez en cuando. Todos ellos comparten dos actitudes: la ruptura con la poética tradicional, heredera y remedona del peor modernismo –mexicano, ni siquiera de América– y la consciencia de esa ruptura, que los lleva a una búsqueda por no parecerse a nadie, aunque no se deje de imitar a algún poeta admirado, de manera auténtica y honesta. La diferencia entre ellos la han hecho las horas nalga, el tiempo invertido en estar frente a un texto, para leer a los más distintos poetas –incluidos los cuates y los enemigos–, y en estar frente a una hoja en blanco para hacerla parir las suficientes palabras, y a veces excesivas, del poema. Y esta actitud frente al texto o a la hoja en blanco habrá sido aderezada con talento, el cual enseña que una de las características de la crítica es saber remendar, borrar, tachar o corregir y hasta bordar con punto de cruz, como cada quien estile. Iba a escribir que también los diferencia de los tradicionales el uso de la palabra poesía aplicada al género y no al poema, como estilan los iconocastrados, pero no estoy seguro de que ocurra así. En fin.
Hay casos ambiguos, de entes anfibios, quienes, como Isaías Alanís, tienen un pie en cada zona y escriben atendiendo a ambas al mismo tiempo; por ello, su poesía aparece como desproporcionada u oportunista al no conseguir equilibrar ambas antípodas. Bien, nadie puede estar bien con Dios y con el Diablo a un tiempo.
Lo auténtico para cada lector es distinto; por ello, en un estado de malos o escasos lectores de poesía, la poesía tradicional tiene un gran arraigo, sobre todo porque suele declamarse, lo que acrecienta su capacidad para involucrar al escucha a través de las formas rítmicas, y sus imágenes y sus recursos son de sobra conocidos, pues se basan en tópicos muy viejos, lo que les permite hacer eco en la sensibilidad del lector: unirse la imaginación del poeta con la del lector, casi de manera inmediata, de ahí su éxito.
En contraste, la poesía de ruptura en Guerrero es escasa y también lo son sus lectores, es, incluso, marginal. No sólo porque apela a estratos de la sensibilidad y la ima-ginación más inusuales, exigiendo mayor concentración, esfuerzo y participación del lector, sino porque se publica también escasamente, en medios de comunicación y circulación casi clandestinos o reservados a grupos muy reducidos, casi de amigos.
En suma, no solamente no puede hablarse de poesía guerrerense, sino que los poetas rupturistas, quienes arriesgan y posiblemente estén contribuyendo a que algún día pueda hablarse de ella, no conforman siquiera un grupo literario o estético, tal vez ni siquiera una comunidad. Lo alentador es que existen, a pesar de ellos mismos.
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Consultado en:



lunes, 24 de mayo de 2010

Poesía sobre Guerrero

Guerrero
Félix Villafuerte R.
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Desde la tierra caliente hasta las costas del sol
las sierras y las montañas guerrerenses con honor.
Este es mi estado querido tierra donde yo nací
por eso a mi Dios le pido me deje morir aquí.
Sus etnias y tradiciones son orgullo nacional
la calidez de mi gente los espera por acá.
Morelos aquí empezó su modelo de nación
demostrando a todo el mundo su entereza y su valor.
Morelos aquí empezó su modelo de nación
demostrando a todo el mundo su entereza y su valor.
Con los Galeana y los Bravo de Tecpan y Chichihualco
con el Guerrero de Tixtla y los Neri de Zumpango.
Iguala fuiste elegida cuna de nuestra bandera
símbolo de mi nación alma y sangre de esta tierra.
Con las cuerdas de Ramírez y los sonidos del mar
canto a mi tierra suriana orgulloso de verdad.
Me voy pero volveré con mi modesto cantar
mi patria chica querida mi Guerrero sin igual.
Me voy pero volveré con mi modesto cantar
mi patria chica querida mi Guerrero y mi verdad.
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Tomado de la edición de PUEBLO del 24 de mayo de 2010.

martes, 11 de mayo de 2010

Acerca de un libro sobre Juan Álvarez

JUAN ÁLVAREZ, ENTRE EL ZORRO Y LA PANTERA
Ernesto Ortiz Diego
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La amena e inteligente pluma de Mauricio Leyva Castrejón, en su nueva novela “Juan Álvarez, entre el zorro y la pantera”, hace hablar imaginariamente al propio Cincinato de la Costa Grande para que nos recuerde en cuatro capítulos al fundador del estado de Guerrero, los cincuenta y seis años peleando en defensa de nuestra Patria, una vida portentosa del valiente general que se incorporó al generalísimo José María Morelos a la edad de 20 años, siendo el insurgente que más combatió en todas las batallas, sobrevivió al mismo Morelos, Hermenegildo Galeana, Vicente Guerrero, Leonardo Bravo, Luis Pinzón, Valerio Trujano, Antonia Nava de Catalán, Nicolás Catalán, José Juan Izazaga, José María Izazaga, Pedro Ascencio Alquisiras, Juan del Carmen, Isidoro Montes de Oca, Antonio Gómez Ortiz, Diego Eugenio Salas, Julián de Ávila, entre otros valientes de la insurgencia del sur.
La narrativa interesante consta de 125 páginas que se puede leer en una mañana o una tarde, según la costumbre de los lectores a la hora de interesarse por nuestros héroes y nuestro pasado histórico, que parece remoto, pero que por las pasiones y la forma de cómo nos la cuenta el joven poeta y escritor chilpancinguense, nos sitúa como si viviéramos el presente. Comienza con un epígrafe de una parte del discurso del maestro Ignacio Manuel Altamirano en la tribuna de la Cámara de Diputados cuando solicitó que Álvarez fuera considerado como el Beneméríto de la Patria:
“Y no se trata de tributar incienso a un poderoso. Nada de eso. Se trata de honrar a un ciudadano, a quien el pueblo venera ya como gloria nacional, y a quien ni la imparcial historia designa ya como un héroe”.
Líneas adelante, don Ricardo Infante, escritor, historiador y pintor, veracruzano de nacimiento y guerrerense por convicción, a manera de presentación, escribe haciendo un guiño al autor de la novela en la que reivindica la vida y obra del fundador del estado de Guerrero. Aunque Mauricio ya es conocido por su exitosa novela “El Plan del Zapote”, presentada en Tixtla el 19 de junio de 2009, de la cual fui comentarista.
En los siguientes cuatro capítulos, Mauricio, acompañado de su inteligente y bella esposa Mayra Castañón, para presentar su más reciente novela, en la que desentraña el subtítulo de su obra, el “zorro” para su amigos y seguidores insurgentes y “pantera” para sus enemigos; aunque para Álvarez ninguno de estos dos pseudónimos le desagradaba.
Es la historia social, la que se vive y recrea por quienes más la sienten, porque se habla y se escribe por quien es parte de nuestra tierra sureña, por eso nos recuerda a través de sus investigaciones, pasajes que no dice la historia oficial, la deformada al capricho de quienes ocultan la verdad de los hechos históricos, como el conservador y traidor Lucas Alamán. Y porque nuestra historia no solamente sea contada por extranjeros como Clyde Gilbert Bushnell y Nettie Lee Benson.
Leer la novela Juan Álvarez, entre el zorro y la pantera, es no solo recordar la vida y obra de un mexicano de excepción, sino que también podemos descubrir epopeyas que no llegamos a estudiar por la deficiencia de nuestro sistema educativo y las pocas luces de nuestros profesores desde la primaria, secundaria y preparatoria, hay pasajes que hemos olvidado o que no nos enseñaron nuestro mentores, como la intentona en 1811 de retomar por los realistas el pueblo de Tixtla, donde fue herido mortalmente Juan Álvarez y que Diego Eugenio Salas, le salvó la vida.
Y el duelo a muerte a machetazos que sostuvo Morelos contra Matías Carranco, el hombre que le arrebató el amor de su vida, Francisca Ortiz, y aunque Morelos no mató a Carranco por la intervención de Tata Gildo, Pedro Ascencio Alquisiras, Leonardo Bravo, entre otros insurgentes que vieron el duelo, logró humillar, desarmar y vencer al intruso que se interpuso entre él y Francisca Ortiz, pero que a la luz de luna, Morelos llegó a tener un romance con la mujer de quien se había enamorado en sus primeros años de arriero.
La novela fue presentada en La Caffé, el lugar de moda en el corazón de Tixtla, evento organizado el domingo 2 por las organizaciones que presiden: Alfredo Hernández Alcaraz (Ascutima); Violeta Campos Astudillo (Ortix); Vicente Astudillo Navarro (COP); América Astudillo Cuevas (Fundación Colosio-Tixtla); y el autor de estas líneas, presidente del Ateneo “Nicole Giron”; asimismo, la participación de los contertulios de las organizaciones de la sociedad civil: Andrea Deloya Rodríguez, Alberto Acevedo Reyes, Jesús Alberto Jaramillo Rodríguez, Margarito Bustamante Delgado, Roberto Alcaraz Río. Es así como estas organizaciones de la sociedad civil, promovemos la cultura popular, cuestión que no hace el gobierno del estado ni la presidencia municipal de Tixtla, siguen en ayuno del conocimiento y desprecio a la cultura en todas sus manifestaciones.
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eodiego@yahoo.com.mx
Publicado el jueves 6 de mayo de 2010, en Novedades Acapulco

viernes, 7 de mayo de 2010

Historia de la literatura guerrerense

El siguiente trabajo fue publicado en LA JORNADA GUERRERO, entre el 03 y el 07 de mayo de 2010:
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Apuntes hacia una historia de la literatura guerrerense
Judith Solís Téllez

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I
Sin duda tratar la temática de la literatura regional es un riesgo. Es más fácil seguir la corriente y escribir sobre los autores canónicos, los ya reconocidos. Apostar a darle seguimiento a lo que se ha escrito y se está escribiendo en las letras de Guerrero conlleva una serie de dificultades. Empezando por someter a revisión el prejuicio de que la literatura de estos lares no tiene el mismo valor que la que se escribe en la ciudad de México, la cual, valga decirlo, si llega a tener el carácter de nacional, además de obviar el centralismo del país se debe a la confluencia de escritores que llegan de todos los rincones y se dan a conocer ahí. Para comprobarlo sólo habría de hacer un seguimiento de los lugares de nacimiento y de preparación de los escritores famosos.
Y aunque parezca que se mete uno en camisa de once varas, tal vez valga la pena el intento. No sólo por el valor histórico, sino por descubrir a aquellos creadores que por voluntad propia residen aquí, aunque pudieran estar en otra parte o a los que no han tenido la oportunidad de irse, pero eso no les ha impedido adquirir una formación que los ha llevado a participar en lecturas rigurosas a solas o compartidas con compañeros de generación y/o en talleres literarios, pues, ¿de qué otra manera se forma la autocrítica? O analizar a los que de plano se fueron, y está bien que se hayan ido, todos tenemos derecho a emigrar. ¿Podemos considerar autores guerrerenses a los que han escrito sobre nuestro estado? A lo mejor tendrían más derecho que los que escriban desde aquí, pero no traten de Guerrero en su obra y, ¿eso importa? Lo esencial es escribir literatura y ya. Sin embargo, valdría la pena tener el conocimiento de autores que han escrito sobre Guerrero, entre los cuales podemos mencionar a Ricardo Garibay y a Helena Garro. Tampoco podemos atenernos a clasificaciones rigurosas sobre géneros literarios porque pueden ser obsoletas, aunque sigan teniendo validez. ¿Cuáles podrían ser los criterios a seguir?
Algunos esfuerzos aislados se asoman por organizar la historia de la literatura guerrerense. José Gómez Sandoval ha publicado dos antologías de poetas guerrerenses (Yo vengo de una tierra cubierta de montañas. Poesía guerrerense de Altamirano a Vilela, 1997 y Ríos interiores. Poesía guerrerense contemporánea, gobierno del estado de Guerrero, 1999) y ha escrito variados artículos sobre las letras surianas, además de ser él mismo un narrador talentoso. En la columna Apuntes de un viejo lépero que aparecía en el periódico El Sur, Jeremías Marquínez tundió duro y bonito a varios autores que están publicando, aunque sin el rigor crítico ecuánime necesario para valorar los aportes y las limitantes. Roberto Ramírez Bravo ha escrito en la revista Controversia, durante los años 2003 al 2005, sobre la nueva literatura guerrerense; algunos artículos suyos se han publicado más recientemente en el periódico La Jornada Guerrero. Roberto Ramírez piensa que es necesario conocer la vieja literatura guerrerense.
Hay que mencionar la importante labor que tuvo la revista Amate (en sus últimas ediciones apareció como Hojas de Amate) en la difusión de los escritores de por acá, quienes publicaban a la par de escritores reconocidos. Otro de los esfuerzos destacados en promover las letras guerrerenses es el de la revista Atrás de la raya del colectivo La tarántula dormida. La revista Reevolución de Iguala también participa en la difusión. En la sección Álbum de letras de Cronos, editada por el ayuntamiento de Atoyac y PACMYC, han aparecido notas biográficas de escritores, cuentos y reseñas. Aunque los periódicos de vez en vez ayudan, sería deseable que incluyeran un suplemento literario. De los pocos que aparecen están La Caja de Pandora del periódico Vértice y algunas páginas del semanario Trinchera.
Las becas del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes que se regularizaron a partir de 2004 contribuyen al impulso de creadores.
Por parte de la Licenciatura en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Autónoma de Guerrero se han escrito algunas tesis al respecto. Entre ellas sobre la novela guerrerense del siglo 20, sobre Juan García Jiménez, un escritor de la Costa Chica, y sobre Juan Sánchez Andraka.
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II
Uno de los grandes debates de las letras mexicanas en el que hace hincapié Emmanuel Carballo en sus Protagonistas de la literatura mexicana del siglo 20, es el del nacionalismo versus cosmopolitismo. Entre las tendencias actuales de escritores más o menos jóvenes está la de escribir sobre países europeos como si ellos mismos fueran de por allá (verbigracia, Jorge Volpi) y, ¿por qué no hacerlo? La cultura occidental es uno de nuestros patrimonios, ya lo ha dicho Bonfil Batalla, así como la cultura mesoamericana y podemos agregar la cultura africana, rota por el etnocidio al que fueron sometidos los afrodescendientes, además de la oriental…
En la poesía falta poner orden acerca de las corrientes literarias a la que se han adscrito nuestros poetas. Se dice que el romanticismo y el modernismo no han sido del todo erradicados en las voces poéticas. Herencia del romanticismo es nuestra lumbrera Ignacio Manuel Altamirano, quien domina un espacio aparentemente vacío por la falta de información y difusión. Nicole Girón, francesa de nacimiento, es la especialista sobre éste autor. No obstante, podemos encontrar en las tendencias actuales, innovaciones y aportes que sin duda enriquecen a las letras nacionales. Entre nuestros poetas destacan: Citlali Guerrero, Jesús Bartolo, Ángel Carlos Sánchez, Eduardo Añorve, Carlos F. Ortiz y Ulber Sánchez.
En cuanto al ensayo falta difundir las temáticas que son diversas. Indira Añorve Zapata escribe sobre literatura china y sobre Mario Vargas Llosa; María de los Ángeles Manzano estudia la poesía de Enriqueta Ochoa; Judith Damián revisa a Julio Sesto; Silvia Alarcón trata sobre mujeres que escribían en la época virreinal; Salomón Mariano está por concluir su tesis doctoral sobre César Vallejo; María Elena Espíritu ha estudiado a Celedonio Serrano y, como ya se ha mencionado, hay quienes reflexionan sobre las letras guerrerenses.
Un aporte de suma importancia es el libro Viajeros extranjeros en Guerrero (1999), de José Iturriaga de la Fuente, donde Guerrero es el protagonista de escritos de diversos géneros desde la época de la conquista hasta el siglo 20.
La narrativa mexicana se ha ocupado de las gestas nacionales. El tema de la revolución ha sido tratado por novelistas guerrerenses entre ellos: Alejandro Gómez Maganda en Tinieblas en el mar (1944), Costa de fuego (1945) y en Un pájaro canta en lo alto (1960).
María Luisa Ocampo en Bajo el fuego (1946), narra sus recuerdos infantiles en el contexto revolucionario y La maestrita (1946), está enmarcada en la sucesión presidencial, cuando Francisco I. Madero se preparaba a batallar con don Porfirio Díaz con la “no reelección”. Celedonio Serrano trata de la revolución Mexicana en El Coyote, un libro escrito en forma de corrido alrededor de la revolución mexicana. Más recientemente la revolución ha sido tratada de manera intimista por Victoria Enríquez en Linderos (1988).
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III
Otros movimientos sociales muy de acá como las gestas heroicas de los agraristas que tuvieron entre sus protagonistas a Juan R. Escudero y sus hermanos aparecen en La vida de Juan (2005) de Renato Ravelo.
La toma de Chilpancingo que se dio durante el movimiento contra el gobernador Caballero Aburto en el que participaron estudiantes, maestros y el pueblo es tratada por Humberto Ochoa Campos en Tres campanas (1961) y por Victoria Enríquez en Adiós y nunca (2003).
Es necesario elegir con cuidado los criterios para acercarse a una revisión de la literatura guerrerense. ¿Tomar en cuenta todo lo escrito o sólo lo que el conocimiento literario nos haría clasificar como tal? Un lenguaje cuidado, la ficcionalización de la realidad, premios o reconocimientos estatales y nacionales. ¿Cuántos libros publicados? A Juan Rulfo le bastaron dos, a Gutierre de Cetina un madrigal para pasar a la historia de las letras.
Podría estar fuera de lugar tratar ya no de lo nacional sino de lo regional; no obstante, puede ser una de las tendencias actuales, los escritores del interior del país que pueden formarse en la ciudad de México y optar por regresar a su lugar de origen o desde donde estén, tratar sobre su región. Carlos Montemayor se ocupó de ficcionalizar la guerrilla de los años setentas en Guerra en el Paraíso y Vilma Fuentes de la vida del rey Lopitos en Castillos en el infierno (2006), con el entorno de un Acapulco en construcción. De cualquier modo habría que hacer referencia a los libros que, por la temática, coinciden con los autores locales
Algunos escritores de por acá han destacado en el ámbito nacional por sus innovaciones en el lenguaje o en la temática de sus obras, como es el caso de José Agustín y de Luis Zapata. Otros menos famosos han ganado premios nacionales o internacionales y becas y publicaciones por parte del Fonca, del Foeca, de la Fundación para las Letras Mexicanas o de Punto de Partida. Entre ellos: Andrés Acosta, Federico Vite, Ángel Carlos Sánchez, Jesús Bartolo, Roberto Ramírez Bravo, Judith Solís Téllez, Iris García Cuevas, Brenda Ríos, Paul Medrano y el reciente integrante del Sistema Nacional de Creadores por su obra dramática: José Dimayuga.
Celedonio Serrano, Cuquita Massieu, Juan Sánchez Andraca y Manuel S. Leyva son algunos de los nombres que dominaron el panorama de la literatura regionalista durante buena parte del siglo pasado.
Entre las temáticas que se asoman en los libros de estos lares está la que podríamos denominar como identidad de género. Tal vez valga la pena destacar estos esfuerzos por una literatura en donde los homosexuales y las lesbianas, como protagonistas, toman la voz narrativa en libros como: El vampiro de la colonia Roma (1979) de Luis Zapata o en Con fugitivo paso de Victoria Enríquez y hacen escuchar sus voces acalladas en un estado en el que predomina el machismo. En cuestión de identidades femeninas está la obra de Muriel Salinas: El espejo de una mujer rota (2002), en donde la autora nos conduce por un viaje a través de los diversos modos de ser mujer: desde la mujer oprimida hasta la mujer libre, feminista que se atreve a decir no, para darse un sí a ella misma.
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IV
Otra temática importante es la guerra sucia, recordemos que en Guerrero hay más de 600 desaparecidos a raíz de la violencia ejercida por el estado en la década del setenta.
Los ecos de la guerra sucia se expanden en la literatura guerrerense. Desde la referencia obligada a Guerra en el Paraíso (1991), donde Carlos Montemayor novela magistralmente las guerrillas rurales de Genaro Vázquez y de Lucio Cabañas, el trauma colectivo consecuencia de la guerra sucia transcurrida alrededor de la década 1960-1970 ha empezado a expresarse en los diversos géneros y desde variados puntos de vista. En el género dramático, Felipe Galván escribió la obra de teatro El Amigo Miguel. En la narrativa, Baloy Mayo trata esta temática en Crónica de los tiempos broncos, Algo es algo y Lo que sucedió después (Insolación en el Trópico, 2000). Enrique González Ruiz relata la “biografía no autorizada de Acosta Chaparro” en Dos cuentos de la guerra sucia (2004). En el libro de relatos: Tempestades (UAG, 2005), Enrique Galeana Laurel recrea diversos aspectos de lo ocurrido en Atoyac: desde el inicio de los conflictos escolares que desembocaron en el mitin del 18 de mayo de 1967, cuando el profesor Lucio Cabañas se ve obligado a escapar a la sierra e iniciar su movimiento armado. Incluye, asimismo, una lista de los desaparecidos.
Arturo Martínez Reyes escribe el poema Perdidos en la guerrilla: “Madres, con gotas del alma/ huelen la sonrisa, / esperan de sus vástagos, la silueta o los huesos” (La piel se retuerce en el tiempo, Taller Alebrije, 2004, p. 44).
El dolor por la ausencia del padre desaparecido se manifiesta en dos textos: Voces Acalladas, vidas truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco, (UAG, 2002), de Andrea Radilla y el drama poético: No es el viento el que disfrazado viene (H. Ayuntamiento de Acapulco, 2004), de Jesús Bartolo. En este poema dramatizado los personajes pueden intercambiarse porque tal vez sea un sólo personaje el que se disfraza de los otros, incluso de los desaparecidos: Mabré, el niño del cuadro, el coro, el narrador, la comadre, la abuela, el viento. Imágenes de la flora y la fauna, de los chaneques y caiquemas; seres vivos y de la magia local se dan la mano con técnicas para representar a los ausentes: “Coro: (Sale de escena mientras un proyector muestra imágenes de una gota cayendo sobre la cabeza de un desaparecido...)”. El padre con el nombre de la ausencia: Ausencio Bello Ríos, que a su vez se convierte en un símbolo de los desaparecidos: “Sí de ellos; los lluviosos, los sin nombre, de los que no se fueron, de los que se llevaron” (p.20) “Mabré: Más de una vez le miré buscar rostros en su memoria y encontrar siluetas blancas. Ahora sé eran nombres y rostros de los desaparecidos.
Comadre: De los que nunca se van, de los que por olvido siguen vivos y tanta muerte no es hace falta.”
El poeta nos interna por los senderos íntimos de su dolor, de su orfandad, que es la de muchos: “Mi padre es una colección de fotos que no llegan a diez. Es sólo la preocupación perpetua de la abuela. Un rostro inmóvil del cual no sé su sonrisa.” (p.24). “Mabré, tu dolor es de lejos. Son tus labios que no dijeron muchas veces padre. Son tus manos que no le abrazaron; es la ternura que tienes dentro como un cáncer. Son los días en los que esperabas mirarle llegar por el final de la calle. Es tu forma de odiarle con ese amor con el que muchas veces le reprochaste a Dios. Eres tú, Mabré. Eres tú Mabré, el que rumia la vida y no la ladra.” (p.26)
Por medio de la línea amarilla, metáfora de la carretera que llega a la sierra de Atoyac, de una época de pérdidas y también de construcciones, de obras de aparente servicio social: “Con la línea amarilla llegaron los armados verdes y la gente se volvió hosca y desconfiada. La palabra desaparecido ramificó sus letras.”(p. 17). “Soy la línea amarilla y la gente que llegó para inundar Mabré; el chapopote que se robó nuestros corredores; la tele, al viejo que contaba cuentos. Dejé de ser el ruido del juego y preferí la sombra” (p. 25).
También Roberto Ramírez Bravo trata esta temática en su novela Las pausas concretas (Praxis, 2009) y en el cuento Soldado en donde da la versión desde un narrador-personaje, miembro del ejército: “Yo lo maté padre. No me había hecho nada. No violó a mi mujer ni asesinó a mis hermanos, ni tiró mi troje, ni incendió mi pueblo... Decirle que fueron órdenes no sería exacto. Sí nos mandaron a acabar con los guerrilleros”. Otro relato sobre el tema es Él. Ambas narraciones son parte del libro Hace tanto tiempo que salimos de casa (CNCA- IGC, 2005).
En la literatura guerrerense comienza a expresarse el duelo de la memoria colectiva, la amargura por desconocer lo ocurrido con los seres amados desaparecidos, la violencia de un tiempo que truncó numerosas familias... Diversas posibilidades de vida.
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V
Una de las tendencias en nuestras letras es la regionalización. Así contamos con una importante labor de difusión por parte del poeta Agripino Hernández Avelar, quien se ha caracterizado por el apoyo a sus paisanos y son varios los autores de Tierra Caliente que están publicando, entre ellos Noé Blancas.
Agripino Hernández Avelar ha tenido reconocimientos por parte de universidades de Estados Unidos, aunque su difusión en el estado y en el país sigue siendo insuficiente.
El taller literario Alebrije promovió en Acapulco la literatura local por medio de la publicación de algunas antologías: Alebrije en otoño (1997), El color de la blancura (2001) y la antología personal de Arturo Martínez Reyes: La piel se retuerce en el tiempo (2004). Estuvieron a cargo del taller Humberto Aburto Parra y Angélica Gutiérrez y Salgado. Tuvieron el foro del encuentro de escritores El sur existe, que se llevó a cabo en Acapulco durante más de 15 años. Lo que hizo posible que los escritores se conocieran entre sí.
A propósito de encuentros de escritores, se realizaron dos con el estado de Morelos. Los de la región Tierra Caliente tienen su propio encuentro y dos de carácter nacional se han llevado a cabo recientemente en Acapulco: El Encuentro de Jóvenes Escritores, organizado por el poeta Antonio Salinas y el de Escritores del Pacífico, promovido por Citlali Guerrero.
Respecto a antologías de índole local, en el año 2007 se publicó Agua desbocada, compilada por Víctor Cardona Galindo sobre escritos atoyaquenses En donde se dan la mano el poema Al Atoyac de Ignacio Manuel Altamirano, María la voz de Juan de la Cabada con otras narraciones de Julio Cesar Ocaña, Felipe Fierro, David Bello, Jesús Bartolo, Fidelina Téllez Méndez… Hay poemas, cuentos y crónicas de personajes atoyaquenses.
Los escritores taxqueños publicaron la antología Taxco. Escenario del tiempo (2005). Este es un libro híbrido en el que se mezcla la crónica, la leyenda, las narraciones y la entrevista. Entre los autores que publican podemos mencionar a Saturnino Abarca Villada, Antonia Sánchez Rodríguez, Lázaro Rivera Cuevas, Carlos Rouzaut y Fulgencio Bustamante.
Aunque el camino sea arduo es una tarea impostergable hacer una revisión de la literatura guerrerense, llevar a cabo su valoración y difusión. Un proyecto en el que podríamos estar incluidos todos los interesados: investigadores, escritores y estudiantes. Valdría la pena que existiera una política editorial por parte de las instituciones culturales gubernamentales, así como por parte de nuestras universidades públicas y privadas para empezar a poner orden en un aspecto cultural sin duda importante como es la historia de la literatura guerrerense.
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